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Asesino

julio 31, 2008

El viento frío proviniente de las montañas anunciaba el fin del otoño y la llegada del invierno. Fuera, al pie de la casa señorial, observaba como los campesinos se apresuraban a recoger los últimos granos de la cosecha. Parte de esos granos les servirían para pasar el duro invierno, aunque la mayoría irían a los almacenes del señor de las tierra, mi señor.

Pobres sí, pero al menos ellos eran libres una vez pagado el tributo. Yo era esclava día y noche. Debía mi cuerpo a un hombre que no quería y que me obligaba a copular con él y a permanecer a su lado en contra de mi voluntad. Mi único alivio y mi condena era que mi señor no podía tener hijos. No sé si hubiese podido soportar dar a luz a un hijo de aquel tirano, pero eso me habría dado un tiempo de respiro.

Aquella noche había movimiento en los alrededores del recinto señorial. Se rumoreaba que habían capturado a alguien, un bandido pensé yo. Me encontraba sentada al lado de mi señor cuando ocurrió todo. Él estaba ya medio borracho, aún siendo temprano.

Los guardias traían a un prisionero. Era un hombre corpulento, con la piel muy oscura, uno de los habitantes de las tierras del sur, las cuales habíamos invadido y saqueado a voluntad y sin remordimientos. Sin embargo, al subir la mirada, vi sus ojos llenos de odio. Eran azules, como los de nuestra gente. Pobre, su madre debió haber sido violada por uno de nuestros soldados. Repudiado por los suyos y despreciado por los nuestros, lo único que debía buscar aquel hombre era la venganza por los crímenes que nosotros mismos habíamos cometido. Y ahora lo íbamos a juzgar por ello.

Sin embargo, aquel hombre no era un fugitivo cualquiera y así lo demostró en pocos segundos. Mientras los guardias presentaban a su amo el trofeo conseguido, éste propinaba un golpe a uno de sus captores, quitándole un cuchillo en el forcejeo. Con él y sin pestañear, cortó el cuello del otro en un movimiento rápido y seco. El guardia cayó al suelo intentando cubrirse la herida, pero ya estaba condenado. El resto consiguieron volver a apresarlo mientras el moribundo perdía sus últimas gotas de vida.

Mi señor, que aunque borracho aún podía mantener la compostura, se levantó furioso y gritando de su sillón:

– ¿Cómo te atreves, escoria del sur? ¡Llevaoslo a una celda y colgadlo de cadenas para que no pueda hacer más daño!

Los guardias temblaban ante la presencia de aquel hombre. Obedecieron la orden, pero dubitativos. La estancia, mientras, permanecía llena de sangre del hombre que yacía en el suelo. Las paredes estaban salpicadas de esa misma sangre y, sin embargo, aquel hombre no tenía en su cuerpo ni una mancha de color rojo. Su torso desnudo, musculoso y bronceado sólo estaba bañado en su propio sudor que lo hacía brillar a la luz de las antorchas. Aquella demostración de fuerza había dejado amedrentados a los guardias, pero a mi me había enseñado por primera vez en mi vida lo que era la excitación.

***

Aquella noche, caminaba entre las cabañas de los guardias sólo ataviada con un camisón. La noche era muy fría, casi invernal, pero yo no tenía tiempo que perder. Mi señor había caído dormido por el cansancio y el alcohol y, aunque solía tener un sueño profundo en ese estado, prefería estar el menor tiempo posible fuera de nuestro dormitorio si algo salía mal.

Los guardias no estaban delante de las celdas, la noche había sido movida y posiblemente estarían durmiendo la borrachera. Insensatos, tenían al prisionero dentro de la celda y ya creían tenerlo todo hecho. Pero bien, así tendría que evitar preguntas insidiosas.

Al final de todas las celdas se encontraba la que yo andaba buscando. Oscura y fría, sólo alumbrada por alguna que otra antorcha, aquella parecía demasiado grande para un sólo prisionero, considerando además que aquel estaba encadenado en un extremo de ésta.

Crucé la sala sin vacilar. Él me miró en cuanto me oyó. No dijo una palabra, pero sus ojos azules me miraron llenos de odio. Aún con tan poca luz, su sudor brillaba con las antorchas. Otra vez esa sensación, no le tenía ningún miedo a aquel hombre.

Me puse delante de él y le miré sonriendo, le pasé el dedo por su pecho, impregnándolo con su sudor.

– Tengo un trato que ofrecerte – le dije, mientras caminaba despacio alrededor suyo, colocándome a su espalda.

– ¿Por qué querrías hacer un trato conmigo? – él me seguía con la mirada, mientras yo me movía – ¿Y por qué debería siquiera escucharlo?

– Porque puedo ofrecerte algo que tú quieres. – le susurré al oído por su espalda.

Lentamente le pasé la mano por su pecho y fui bajando hacia sus harapientos pantalones. Aún cuando intentaba transmitirme odio, aquel hombre no era de piedra. Su pene reaccionó a mi tacto y se irguió bajo sus pantalones.

– ¿Cómo estás tan segura de lo que quiero? – me dijo sin perder la compostura.

– Mirate, estás colgado de una cadena. Por muy bueno que seas matando no puedes liberarte – me apreté contra él y metí mis manos en sus pantalones. Él ahogó un suspiro casi imperceptible. Lo que le estaba dando le gustaba, ya era mio.

– ¿Y a cambio que quieres? – Su voz ya no era tan serena, Empezaba a excitarse y no podía ocultarlo. Continué con mi juego, me bajé los hombros del camisón y dejé mis pechos al descubierto. Volví a apretarme contra su espalda. Noté con mis pezones su dura espalda, mientras se deslizaban empapándose de su sudor.

– Que mates a quien te ha metido aquí.

Se sorprendió al oír esto. Cerró la boca de golpe y se irguió, abriendo los ojos.

– ¿Pero no eres su esposa? ¿Qué extraño juego es éste? ¿Por qué quieres verlo muerto?

– Porque lo odio con todas mis fuerzas. – Apreté los dientes cuando lo dije, para no soltar toda mi furia de golpe. Aunque sorprendido, él mostró interés, sonrió cuando me oyó decir aquellas palabras.

– Está bien – dijo manteniendo la sonrisa – lo haré. Sólo tenéis que desatarme y tu marido estará muerto.

Algunos pensarán que era una tonta al creerle. Pero confiaba plenamente en que lo haría, de una forma u otra. Él odiaba demasiado a mi señor – tanto o más que yo – para dejar escapar una oportunidad como aquella. En cuanto a qué haría conmigo me importaba poco.

Lo liberé de sus cadenas. De un rápido movimiento, nos cambió a ambos de lugar, dio un giro y se puso a mi espalda. Me levantó las dos manos y cerró los grilletes alrededor de mis muñecas. Ahora yo era su prisionera…

– Lo siento – me susurró al oído, pasándome la lengua. – No puedo arriesgarme a que después de haber matado a tu marido, llames a los guardias, resultaría demasiado complicado escapar. Pero antes de irme quiero darte un regalo.

Pasó la mano por mi trasero lentamente, palpando mis nalgas sobre el camisón. Cogió dos extremos de la parte baja de éste y lo desgarró de un golpe, de abajo a arriba, dejando mi trasero al descubierto. Me volvió a pasar sus cálidas manos por las nalgas y puso un dedo entre ellas, haciéndose hueco.

De pronto, me las apartó y me introdujo el pene en mi ano. Me sodomizó con suma facilidad. Mi señor ya lo había hecho en multitud de ocasiones por lo que mi cuerpo estaba preparado para aquello… Aunque nunca había sentido nada igual, el placer que me daba tener a aquel hombre dentro de mi era indescriptible.

Empezó a empujarme atrás y adelante, cogiendo mis pechos con firmeza y usando las cadenas como punto de apoyo. Sentía que explotaba, me mordí un labio para ahogar un grito de placer. Mi ano ardía y yo sudaba como nunca lo había hecho, a pesar del frió de la noche. Me acariciaba mientras los pezones cada uno con dos dedos, dándome aún más placer. Apoyé un pie en su pierna y no pude aguantarlo más…

– ¡¡Aaahhh!! – solté un sonoro suspiro y mi boca se abrió de par en par.

– Te gusta, ¿eh? – se mostraba satisfecho con lo que estaba haciendo, no sé si por propio placer o por desprecio hacia mí.

– Sss…. síiiii – apenas me salían las palabras. No podía respirar ni tragar saliva. Jadeaba desesperadamente en busca de aliento. Él me puso horizontalmente y me pasó la lengua por el cuello, sin parar de meter y sacar su miembro de mi cuerpo. – ¡No pares! Aaahhh…

– No pienso hacerlo hasta haber disfrutado contigo lo suficiente.

Sacó su pene de dentro de mi y me dio la vuelta. Me separó las piernas, dejando los pies flotando en el aire y me volvió a penetrar, esta vez por delante. Hice el intento de abrazarme a su cuerpo, pero las cadenas me retenían. Las cogí con fuerza y rodeé con los pies el cuerpo de mi captor, apretándolo contra mi. Él me penetraba insistentemente, una y otra vez, haciendo que mi vagina lubricara de con el goce que experimentaba. Me agarró del pelo fuertemente y me empujó la cabeza hacia él. Me hizo abrir la boca de par en par e introdujo su lengua en ella. La movía insistentemente, por dentro, mi lengua a la vez no podía permanecer quieta y la acompañó buscando su contacto.

Si los guardias hubiesen estado en su puesto, posiblemente los dos estaríamos condenados a muerte. Mis gritos de placer debían oírse desde fuera. Estaba sintiendo todo el que no había sentido en toda mi vida. No veía, no olía, no podía decir nada… Sólo podía sentir su cuerpo contra el mio, entrando una y otra vez y llenándome de calor.

Exploté… no he sentido nunca nada igual. No sé cuanto rato estuvo así después de aquello, prácticamente perdí la razón y la noción del tiempo. Al cabo de un rato estaba sola, casi completamente desnuda, salvo por mi camisón harapiento. Por mi vagina resbalaba su esperma, mezclado con mis fluidos vaginales. Cerré los ojos sintiendo como bajaban por mis piernas y recordando la experiencia. Sonreí.

Había sido la mejor noche de mi vida. Y lo mejor estaba por llegar.

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La imagen acompañante perteneciente a la saga de videojuegos Prince of Persia es copyright de su autor.

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Transporte Público

julio 15, 2008

– Uff, que calor…

Subía quejándome al autobús, arrastrando los pies y con la lengua medio fuera. Aunque el sol se había escondido hacía un rato, era casi verano y el calor apretaba. Las clases de la universidad estaban a punto de terminar y yo debía ser el último mono que abandonaba el campus aquel día. El último, o casi. En el autobús aún había gente. Un chico leyendo un libro, una chica totalmente absorta en mirar la cada vez más negra oscuridad del exterior. Poco más, a esa hora la gente ya había abandonado la universidad.

– Dímelo a mi. – contestaba el conductor, mientras yo pasaba el tiquet por el lector – Llevo todo el día sin parar arriba y abajo. Ahora ya se está haciendo de noche, pero imagina lo que es conducir el autobús a las cuatro de la tarde, con el sol que hace.

Seguí arrastrando los pies hasta los asientos más alejados de todo el mundo. No quería saber nada de nadie hasta llegar a casa. A juzgar por el caso que me hicieron el resto de pasajeros, ellos tampoco querían saber nada de mi. Posiblemente habían tenido un día igual o peor que el mio.

Me senté mientras el autobús volvía a arrancar. Nadie más había subido detrás de mi, era de esperar. Hice lo mismo que el resto de pasajeros, simplemente me distraje en mis pensamientos mientras llegaba a casa. Esos pensamientos hicieron que me viniera a la cabeza una persona… hoy no la había visto en todo el día.

Era una chica de la universidad, la conocí hace unos cuantos meses. Nos llevábamos bien y pronto nos hicimos amigos. Pero además, me encantaba su aspecto. Podría decirse que me “encoñé” rápidamente con ella. Una cara redondita y pecosa, era una delicia mirarla.

Tan absorto estaba en pensar en ella que no me di cuenta de que el autobús se detenía. Había llegado a la última parada de la universidad y subían los últimos estudiantes. Sólo una chica, en la que no me fijé hasta que estaba a medio camino de mi. Sentí un hormigueo cuando me dí cuenta de que era ella.

– Hola – me dijo al llegar delante de mi, tímida pero alegremente. Yo mientras la miraba con cara de atontado… al ver que no contestaba, siguió hablándome – hoy te has quedado hasta muy tarde.

– Sí. – al final conseguí decir algo – Antes de que lleguen los exámenes, tengo que acabar un trabajo y me he quedado en el laboratorio para adelantarlo. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí tan tarde?

– Me he quedado a estudiar con unas amigas. Tenemos un examen dentro de poco y necesitábamos ponernos ya en materia.

Ella se sentó a mi lado. Se hizo el silencio… un silencio incómodo. Ella también estaba incómoda, era bastante tímida y, hasta donde yo sé, le gustaba a ella tanto como ella a mí.

El autobús se internaba en la oscuridad que separaba la universidad de la ciudad. Seguíamos sin decirnos nada… yo miraba hacia afuera y de vez en cuando a ella. Ella sólo miraba hacía el suelo, si me miraba de vez en cuando no lo vi. Era incómodo, muy incomodo. Así que me armé de valor y hice lo que debía haber hecho hacía mucho tiempo.

Sin pensármelo dos veces di un paso hacia ella y le giré la cara hacia mí. Le dí un profundo beso en los labios y luego la solté, me quedé mirándola a la cara, esperando a ver cual era su reacción. Se me quedó mirando sin moverse. Su redonda cara se puso roja como un tomate. Durante unos momentos no supo que hacer. Pero al cabo, se me lanzó encima, sus labios se pegaron a los míos como lapas y empezó a besuquearme sin parar. Me pasó los brazos por los lados y fue avanzando y arrinconándome contra la ventana del autobús. Cuando ya lo había conseguido, me paso las manos por detrás en un ligero abrazo. Yo hice lo propio: con mis brazos la abracé por encima de sus hombros, rodeándole la cabeza y apretándola contra mi para que no se pudiese separar. Los besos se sucedían rápidos, cada vez más húmedos. Los labios dejaron paso a nuestras lenguas, acariciándose y bailando la una contra la otra como si se hubiesen deseado toda nuestra vida.

No sé que resorte pulsó en mi, pero mi pene se puso en erección. Estaba excitado y mucho. Tenía ganas de desnudarla allí mismo, de seguir besando todo su cuerpo como estaba besando sus labios. Y en uno de tantos zarandeos, ella apoyó su mano entre mis piernas para no perder el equilibrio. Se levantó de encima de mi un poco sorprendida y se me volvió a quedar mirando.

Ahí creí que se habría acabado todo, que ella en su timidez se avergonzaría demasiado y no sabría como seguir. Pero para mi sorpresa mayúscula no fue así, en su lugar hizo algo que no me esperaría de ninguna mujer del mundo.

Ella se volvió a acercar a mi y allí, donde cualquiera podría haberse girado y vernos, me despasó el botón de los pantalones y me bajó la cremallera. Con delicadeza me sacó el pene y empezó a acariciarlo. Aúnque sorprendido y sin saber como estaba pasando aquello, se me puso aún más erecto. Sus manos eran suaves y ella sabía tener la delicadeza necesaria. Era una sensación increíble.

Por unos momentos cerré los ojos para disfrutarlo, pero acto seguido, me acerqué a ella para poder besar sus labios otra vez. Como una mano y como pude le desabroché sus pantalones y metí la mano bajo sus bragas. Sus labios se volvieron más vivos y más húmedos cuando lo hice. Noté primero su bello púbico, frondoso. Y más abajo metí mi dedo anular entre los labios de su vagina, ahogando ella un gemido. Estaba húmeda, notaba el líquido correr entre mi dedo y mi excitación aumentaba, mientras que su clítoris estaba caliente y erecto. Empecé a acariciarla pasando mis dedos por su vagina arriba y abajo.

Nos besábamos insistentemente. Para mi en aquel momento no existía nadie más. Si alguien se hubiese fijado en nosotros en aquel momento nos hubiese visto y ni siquiera nos habríamos dado cuenta. Sus suaves dedos se movían en mi pene dándome un placer intenso, subiendo y bajando mi prepucio y haciendo que el placer subiese por todo mi cuerpo hasta transmitírselo a ella a través de mis besos y mi lengua, bajando por mi brazo y dejándolo penetrar en ella a través de mis dedos en su vagina. Ella a su vez hacía lo mismo y formábamos un circuito de placer infinito.

De pronto ella empezó a no poder respirar lo suficiente, dejó de besarme y apoyó su cabeza en mi hombro, sin dejar de darme placer con su mano. Mientras yo aceleré el movimiento de mi dedo dentro de su vagina, lo movía con insistencia y notaba como ella se ponía rígida y ahogaba los gemidos que podrían habernos delatado. Poco a poco, fue cayendo hacia mi, mientras abría la boca y se apoyaba donde pudo. Empezó a respirar fuertemente, como si hubiese hecho un gran esfuerzo y me hizo apartar la mano de dentro de sus pantalones.

Me echó hacia atrás, contra la ventana y se tumbó sobre mis piernas. Metió mi pene entre sus labios. Ahí es donde yo tuve que ahogar también un gemido. Sus labios resultaron ser como algodón sobre mi prepucio y su lengua empezó a moverse dentro de su boca, dándome un placer inmenso. Notaba su cosquilleo en mi glande, no sabía donde agarrarme, así que empecé a acariciar su cabeza mientras ella subía y bajaba insistentemente. Mientras más me excitaba, más tenía que cerrar bien la boca para no hacer ningún ruido que pudiese oír alguien. Me temblaba todo mientras el placer me subía por todo el cuerpo.

No tardé mucho en eyacular en su boca. No se inmutó, salvo para ir deteniéndose poco a poco y pasarme la lengua poco a poco. Se levantó hacia mi y me abrazó fuertemente, mientras al lado de mi oído tragó de forma sonora para después mirarme con una inocente sonrisa. Le di un beso y la abracé muy fuerte.

De aquel viaje en autobús no recuerdo nada más. Sé que tardamos un rato más en llegar a casa, pero no sé lo que sucedió después, ni me importa. Al bajar del autobús iba cogido a una chica encantadora, la cual acababa de cambiar mi vida y puede que a partir de entonces la compartiría conmigo… Y ni siquiera sabía por qué habían ocurrido así las cosas.

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Sueños profundos

enero 6, 2008

Estaba sentado sobre la cama. A mi izquierda estaba ella. Manteníamos una conversación ambos divertidos, no puedo recordar que era de lo que hablábamos.

De repente vi una oportunidad, le cogí la mejilla con mi mano derecha y acercando su cara hacia la mía, la besé. Ella no opuso resistencia alguna. Me siguió el beso mientras se echaba hacia atrás para tumbarse en la cama. Me puse sobre ella y seguí besándola un rato más. Mis labios se desplazaron para besarle el cuello y lamerselo hasta lo que me permitía su ropa. Luego mi lengua volvió hacia atrás, hacia el punto de partida, besando de nuevo sus labios cálidamente.

Sin dejar de besarla, deslicé mi mano derecha por debajo de su camisa y empecé a acariciarle el torso. Ella me acompañaba, al contacto de mis caricias me besaba más apasionadamente. Los besos se sucedían de forma frenética.

Saqué la mano de debajo de su ropa y le desabroché el pantalón. Poco a poco introduje mi mano entre sus piernas, rozando sus bragas y acariciando su pubis por encima de ellas. Después, metí la mano por dentro, buscando los labios de su vagina y deslizando los dedos entre ellos. Estaba mojada. Empecé a frotar mis dedos y sentí como su cuerpo se tensaba. Solté sus labios para besarla en el cuello, mientras masajeaba su vagina. Gimió de placer.

Por un momento dudé. Era virgen y podía hacerle daño. Pero notándola tan mojada decidí hacerlo. Introduje mis dedos corazón y anular dentro de ella. Empecé a moverlos dentro de ella metiendolos y sacándolos de vez en cuando. Sus gemidos se hacían más fuertes y notaba como los fluidos vaginales goteaban a lo largo de mis dedos.

Se abrazó fuerte a mi y yo busqué su oreja para morderla, mientras ella me besaba el cuello. Su cuerpo estaba tenso y hacía fuerza hacia mi. Yo seguí masajeando su interior, mientras con el pulgar frotaba su clítoris insistentemente.

De repente me soltó y su cuerpo se arqueó hacia atrás. Soltó un ultimo suspiro, largo y profundo. Después de esto se relajó. Saqué las manos de su interior mientras me miraba la mano, húmeda. Tumbada en la cama se tapó la cara con las manos mientras pronunciaba un profundo “Dios”. Después se levantó de cintura para arriba hacia mi, me abrazó y me besó. Siguió besándome toda la cara y el cuello mientras me daba las gracias repetidamente.

Después… me desperté.

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Cecile

diciembre 17, 2007

Llegaba tarde a casa. El sol se había puesto hacía ya unas horas y todo estaba sumido en la oscuridad. La casa, como siempre, estaba envuelta en las tinieblas más profundas. Así le gustaba a ella, le molestaba la luz fuerte y prefería no encender lámparas ni otras fuentes de luz que le obligasen a apartar la mirada.

Dejé el abrigo y los guantes sobre una silla y las llaves de casa sobre la mesa. Busqué un candelabro con velas que encender para poder maniobrar en la oscuridad. Mientras lo hacía, unos ojos me vigilaban en la oscuridad, encendidos cual bestia rabiosa y un pesado aliento acechaba tras ellos. No me giré, sabía quien era y no me importaba. O más bien, en lugar de asustado, me sentía aliviado de saber que aún seguía allí.

De pronto se echó sobre mí. Sus piernas se agarraron con fuerza a mi cintura y sus brazos a mi pecho. Me sentía aprisionado por una fuerza sobrehumana. Su brazo izquierdo me cogió la cabeza y me la apartó, mientras se acercaba jadeante a mi cuello. Sentí como lamía mi cuello, como arrastraba su lengua buscando el calor. Sus dientes rozaron mi piel y noté como el pelo se me erizaba. Estaba excitado, pero también tenía cierto miedo. Si una sola gota de mi sangre hubiese brotado de mi en ese momento, mi vida podría haber llegado a su fin en cuestión de segundos.

Noté como su respiración se aceleraba. Un momento de debilidad, sus piernas y sus brazos se soltaron levemente. Me dí la vuelta como pude y la agarré por sus caderas empujándola contra una pared. Aún sabiendo que mi fuerza era menor que la suya, cogí sus brazos e intenté levantarlos y atraparlos contra la pared. Imité sus movimientos, lamiendo su cuello lentamente para, seguidamente, hacer lo que ella no se atrevió a hacer. Hundí mis dientes en su cuello y los apreté con fuerza. Ella cerró los ojos y gimió de placer, liberó sus brazos de mi presa y se abrazó a mi pelo.

Apoyé mis manos sobre sus mejillas, mirándola directamente a los ojos y acercando mi nariz a la suya. Aún con la tenue luz, podía ver sus pupilas dilatadas, mirándome delante de sus ojos rojizos. Sus mejillas estaban frías como de costumbre, contrastando con el calor de mis manos.

– Cecile… – le suspiré mientras besaba continuadamente sus labios – Si tienes hambre, ¿por qué no lo haces? – continué la alfombra de besos hacia sus mejillas y subí para asir con mis dientes el lóbulo de su oreja. Ella se agarró más fuertemente a mi cabeza, mientras mis manos bajaban a sus muslos para acariciarlos.

– No puedo… – dijo entre gemidos – Te quiero demasiado. No puedo desearte una vida como la mía. – Sus manos se deslizaron hacia mi cintura, para luego introducirse por mi ropa y acariciarme la espalda. Yo continué con insistencia mordisqueando su oreja e introduje mi lengua por su oído para oír un suspiro. Después me acerqué de nuevo a sus labios y dejé caer un pesado beso sobre ellos. Ella dejó escapar pesadamente todo su aliento y apretó fuertemente sus labios contra los míos.

Mi lengua se deslizó hacia el interior de su boca buscando la suya. Encontré sus colmillos, fríos y afilados, que me recordaban insistentemente quien era la mujer que estaba conmigo. El peligro de rozarlos por donde no debía me excitaba aún más. Al fin encontré su lengua, deslizándose sobre la mía e iniciando un baile alrededor de ésta. Húmeda y de las pocas calientes en el cuerpo de ella, luchaba insistentemente contra la mía para hacerse un hueco en mi boca y colarse hasta mi garganta. Me excité terriblemente y apreté fuertemente mi cuerpo contra el suyo para que pudiera sentir mi entrepierna.

Me soltó, me miró directamente a los ojos y me dedicó una sonrisa burlona. Mientras, su mano se deslizaba dentro de mis pantalones, buscando la entrepierna y acariciándola. No pude sino cerrar los ojos y soltar un suspiro.

La agarré con fuerza de la cintura y le di la vuelta de cara a la pared. Mis manos agarraron con fuerza sus nalgas subiendo hacia arriba y mis labios se pararon en su cintura esperándolas. Empecé a subirle la ropa mientras besaba y lamía insistentemente su espalda. Ella se apoyaba contra la pared, respirando fuertemente. Al llegar a mitad de su espalda hice un movimiento brusco, de un tirón conseguí quitarle toda su ropa de cintura para arriba sin que se resistiera. Continué con mis caricias orales hacia su cuello, mientras mis manos rozaban los laterales de su torso desnudo buscando sus pechos.

Cecile se giró de golpe, cogió mi camisa por ambos lados y tiró de ellos sin compasión, sin dejar un solo botón en su sitio. Dejó mi pecho al descubierto y se lanzó sobre él. Extendió su lengua pasando por el cuello directo a mis labios. Al llegar a ellos se volvió a coger con fuerza con brazos y piernas de mi y con sus labios de los míos. Noté sus pezones duros sobre mi pecho e intenté apretarlos todavía más cogiéndome fuertemente de su cuerpo.

Su presa me hizo perder el equilibrio. Caí al suelo pesadamente. Sentí dolor, pero no me importó. Sólo la sentía a ella, sobre mí, jadeando excitada. Mientras lo hacía, volvió a lamerme el cuello peligrosamente.

Con Cecile era siempre así. Sabía que el más mínimo error de ella o mío y al brotar mi sangre ella hundiría sus colmillos en mi, posiblemente desangrándome hasta la muerte. La única salvación en ese caso es que me convirtiera en lo que ella era.

A la mañana siguiente me levanté temprano. El sol debía haber salido ya y tenía hambre. Cecile descansaba en la cama, a mi lado. En esa habitación no corría peligro, ya que no había ventanas. Al levantarme y ponerme un poco de ropa, se despertó.

– ¿Vas a bajar? – preguntó ella, aún medio dormida

– Tengo hambre, no he comido nada desde ayer a mediodía. Voy a ver que hay y volveré a subir – me senté en la cama para darle un beso en los labios – Tú deberías comer algo también o te debilitarás.

– Lo sé, lo sé. Pero ya sabes lo que odio hacerlo en tu presencia. – cogió la ropa de cama y se cubrió con ésta, dándome la espalda. Aquella conversación le seguía molestando tanto como el primer día. Suspiré…

– Sigo sin entender por qué no quieres alimentarte de mi y, si llega el caso, convertirme.

– Te lo he dicho miles de veces, – su seriedad ante aquello era evidente. Aunque sabía que medio dormida y debilitada por no haber probado sangre la noche anterior, no tenía fuerzas para enfadarse. – me odio a mi misma por lo que soy. No quiero verte a ti igual. – se acurrucó aún más en las sábanas.

– Al menos podrías dejarme elegir – dije para mi, sin que me oyera, mientras salía de la habitación.

Era lo único que me entristecía en mi relación con Cecile. Me quería demasiado y, al mismo tiempo, odiaba al monstruo en que se había convertido. Me quería hasta el punto de protegerme de aquel mal en contra de mi voluntad. Y aquello para mi solo era una losa más grande que el dolor del que ella pretendía evitarme. Si quieres a alguien déjalo libre, incluso si su decisión lo conduce hasta su perdición. Pero aquello supongo también implicaba dejar a Cecile pensar como quisiese, incluso cuando aquello llenaba mi relación con ella a veces de más tristeza que alegría. Si hubiese sido capaz de convertirme a mi mismo, lo hubiese hecho, pero dado que era Cecile quien debía hacerlo ahí quedaba todo. Debía aceptar que no quería convertirme tanto como ella hubiese tenido que aceptar que yo quería ser convertido.

Mi trabajo me permitía salir tarde de casa y llegar después de anochecer. De ese modo podía pasar más tiempo con Cecile. Antes de salir, me quedaba un rato mirándola, durmiendo en la cama.

Aún después de haberse alimentado, en las horas en que el sol estaba más alto, se encontraba muy débil y dormía profundamente. A esas horas pocas cosas la hubiesen despertado. Muchas veces, destapaba todo su cuerpo de entre las sábanas y me quedaba un rato observando como dormía. Su cuerpo, aunque pequeño, escondía la fuerza que la bestia que ella era le proporcionaba. Su piel pálida contrastaba fuertemente con sus carnosos y rojos labios y con sus sonrosados pezones. Respiraba silenciosamente y se movía de vez en cuando. Besé sus labios y la volví a tapar con las sábanas. Después del trabajo volvería.

Aquella tarde volví pronto, apenas estaba anocheciendo aún. Me comporté como de costumbre, dejé todas mis cosas en la cocina y busqué una fuente de luz que encender. Pero aprovechando que pensaba que Cecile no habría bajado aún a recibirme, busqué algo de comer en la despensa.

Estaba buscando un cuchillo para cortar el pan que había comprado a media mañana, cuando ocurrió. Me corté el dedo con un cuchillo afilado guardado en el cajón. Las gotas de sangre empezaron a sangrar de la herida poco a poco. Miré la herida un momento y me apresuré a lavarla y a parar la hemorragia en el pequeño corte. Si ella olía la sangre se volvería loca y era algo que quería evitar, prefería, pensase lo que pensase, no hacerle pasar por aquel mal trago.

Cuando terminé, ya había oscurecido por completo y Cecile no bajaba. Me preocupaba y me temía lo peor, así que subí al dormitorio.

Cecile estaba en un rincón, de cara a la pared y hecha un ovillo. Temblaba considerablemente. Me miró al entrar, tenía una mirada de horror en sus ojos, abiertos de par en par y con las pupilas completamente dilatadas.

– No… – dijo con terror a duras penas mientras hablaba con esfuerzo. – vete… – la tristeza que me provocaba aquella situación era inmensa. Me acerqué a ella y la abracé fuertemente, apoyando mi cabeza en su espalda desnuda.

– ¿Por qué te empeñas en vivir sola esta pesadilla? – no pudo responder, temblaba demasiado y se puso a sollozar. Aún cuando respetaba su forma de pensar, no pude más, verla en ese estado me alteraba demasiado y no podía seguir, así que le facilité las cosas.

Abrazado como estaba acaricié con mi mejilla su hombro y su cuello hasta llegar a tocar la suya. Mi cuello estaba extendido a su lado. No pudo resistirse más. Con un rápido movimiento, se abalanzó sobre él y clavó con furia sus colmillos afilados. Sentí como se clavaban, un sonido seco, algo desagradable, pero sin dolor alguno. Me sentí excitado por aquella situación y agarré su cabeza mientras sentía que mi sangre emanaba. Poco a poco fui perdiendo el sentido.

Al despertar me sentía débil, atontado y frío. Estaba tumbado en la cama y Cecile estaba a mi lado, de rodillas sobre ésta, completamente desnuda. Me miraba con una sonrisa triste, arrepintiéndose de lo que había hecho. Poco a poco recobraba mis fuerzas. Empecé a respirar, que me había dado cuenta de que no lo hacía desde que me había despertado.

– No lo necesitas – dijo ella dándose cuenta – Tu sangre ya no transporta oxigeno, tus pulmones ya no resultan útiles. Pero sienta bien hacerlo, como si aún estuvieses vivo.

Lo cierto es que haberme puesto a respirar era extraño. Sentía como si cada partícula de aire rozase mis conductos. Cerré los ojos, sentía mi corazón palpitar levemente, casi imperceptible ahora, y como la sangre fluía hacía cada punta de mi cuerpo, sangre que no era mía, que era de Cecile. La sensación era indescriptible, mis sentidos se había intensificado. ¿Muerto? Parecía que estaba más vivo que nunca.

Me lancé sobre los labios de Cecile para probar con su cuerpo la nueva sensación. Ahora sentía cada curva de sus labios, cada gota de saliva. Era excitante. Ella respondió a mi beso acercándose a mi y, levantando su cuerpo por encima del mio, me abrazó por el cuello y siguió besándome. Yo la sujeté fuerte clavando mis uñas en su espalda. Ahora ella estaba caliente, su temperatura era muy diferente a la de veces anteriores o, al menos, yo así lo percibía. Además ya no sentía la fuerza sobrehumana que tenía siempre, ahora estábamos igualados.

Mi camisa cedió igualmente, Cecile no tuvo tampoco compasión con ésta. Se lanzó sobre mi pecho y lo besó insistentemente. Sus besos ahora eran como gotas de calor sobre mi, subió hasta mi cuello y entonces hizo algo que normalmente no hacía. Me mordió con todas sus fuerzas, clavando sus colmillos en mi cuello. El éxtasis me invadió con aquello. Sentía mi sangre brotar ahora muy lentamente y como su lengua buscaba aquel fluido de vida. Agarré su nuca con fuerza, quedándome casi sin aliento. Mi reacción fue casi instintiva, busqué su cuello y lo mordí con fuerza. Sentí como se estremecía de placer por un momento al hacerlo. Su sangre fluía también lentamente. Subía por mi lengua, caliente, y quemaba mi garganta con una excitación que nunca había sentido antes. Lamí su herida dejando poco más que una sutil marca. Ella hizo lo mismo en el mio y arrastró su lengua hacia mi pecho. Mientras con sus manos arrastró lo poco que quedaba de mi ropa hacia abajo. Le ayudé, tumbándome sobre la cama, mientras ella bajaba hacia mi ombligo con la lengua y con las manos me acababa de quitar toda la ropa.

Con la lengua empezó a trazar círculos sobre mi pubis. Cerré mis ojos extasiado, mientras me venía una erección. Totalmente tumbado en la cama la miré. Estaba de rodillas sobre mi zona púbica, besando, lamiendo y chupando y sonriéndome de vez en cuando. Disfrutaba como una niña con un juguete nuevo. Volví a cerrar los ojos disfrutando de la situación mientras con mis manos le acariciaba el pelo.

No podía más de excitación, la empujé de los hombros y la tumbé en la cama, poniéndome sobre ella. Cogí sus muñecas y sin resistencia conseguí aprisionarlas por encima de su cabeza. Con mis piernas me hice paso entre las suyas. Penetré en su cuerpo de golpe, se arqueó y se levantó por la cintura. Me miró con sus ojos rojos y sus pupilas dilatadas. Sonrió enseñándome sus colmillos de forma maliciosa. Forcejeó para soltar sus muñecas, pero no tuvo éxito, ahora yo tenía más fuerza. Bajé hacia sus labios para meter mi lengua entre sus colmillos, mientras penetraba en ella una y otra vez. Su lengua no me dejó pasar, aún cuando hice bailar la mía alrededor de la suya, me costó entrar en su boca. Apretó sus uñas contra mi espalda y noté como se hundían en mi carne. Con mis manos cogí su cadera y levanté su pierna. Respondió cruzando ambas piernas sobre mi y apretando aún más mi cuerpo contra el suyo. Creía que estaba perdiendo el sentido cuando empezó a gritar y a gemir. Poco después llegué a un éxtasis que no creo haber alcanzado nunca en vida…

Al cabo de un rato estábamos los dos tumbados uno junto al otro. Cecile me miraba divertida, había algo que le picaba la curiosidad.

– Te noto cambiado…

– ¿No debería ser algo normal? – la miré, un tanto desconcertado por aquella afirmación.

– No. Yo no cambié tanto en mi transformación. Hay algo más… Es como si estuvieses más próximo a mi. Como si te mostrases más abierto.

Miré al techo y sonreí.

– Cecile… Por primera vez desde que te conozco siento que estoy junto a ti. Incluso abrazados, nunca había tenido esa sensación. – Me incorporé y puso mi cara sobre la suya. – Además, te habías guardado demasiado lo bueno contigo y sólo pensabas en lo malo de esto. – me sonrió desde abajo. Supongo que se daba cuenta de lo feliz que era yo ahora y de que se había equivocado al decidir por mi. – Tengo un poco de hambre… por desgracia creo que voy a tener que tirar todo lo que hay en la nevera. – ella rió

– No te preocupes, yo tengo en mi “despensa” personal. Aunque es duro acostumbrase, mientras puedes comer de mi – me sonrió de forma burlona mientras me enseñaba el cuello y luego me besó. Y así estuvimos durante lo que pareció una eternidad…

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La imagen acompañante perteneciente a la serie Blood+ es copyright de su autor.

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