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Transporte Público

julio 15, 2008

– Uff, que calor…

Subía quejándome al autobús, arrastrando los pies y con la lengua medio fuera. Aunque el sol se había escondido hacía un rato, era casi verano y el calor apretaba. Las clases de la universidad estaban a punto de terminar y yo debía ser el último mono que abandonaba el campus aquel día. El último, o casi. En el autobús aún había gente. Un chico leyendo un libro, una chica totalmente absorta en mirar la cada vez más negra oscuridad del exterior. Poco más, a esa hora la gente ya había abandonado la universidad.

– Dímelo a mi. – contestaba el conductor, mientras yo pasaba el tiquet por el lector – Llevo todo el día sin parar arriba y abajo. Ahora ya se está haciendo de noche, pero imagina lo que es conducir el autobús a las cuatro de la tarde, con el sol que hace.

Seguí arrastrando los pies hasta los asientos más alejados de todo el mundo. No quería saber nada de nadie hasta llegar a casa. A juzgar por el caso que me hicieron el resto de pasajeros, ellos tampoco querían saber nada de mi. Posiblemente habían tenido un día igual o peor que el mio.

Me senté mientras el autobús volvía a arrancar. Nadie más había subido detrás de mi, era de esperar. Hice lo mismo que el resto de pasajeros, simplemente me distraje en mis pensamientos mientras llegaba a casa. Esos pensamientos hicieron que me viniera a la cabeza una persona… hoy no la había visto en todo el día.

Era una chica de la universidad, la conocí hace unos cuantos meses. Nos llevábamos bien y pronto nos hicimos amigos. Pero además, me encantaba su aspecto. Podría decirse que me “encoñé” rápidamente con ella. Una cara redondita y pecosa, era una delicia mirarla.

Tan absorto estaba en pensar en ella que no me di cuenta de que el autobús se detenía. Había llegado a la última parada de la universidad y subían los últimos estudiantes. Sólo una chica, en la que no me fijé hasta que estaba a medio camino de mi. Sentí un hormigueo cuando me dí cuenta de que era ella.

– Hola – me dijo al llegar delante de mi, tímida pero alegremente. Yo mientras la miraba con cara de atontado… al ver que no contestaba, siguió hablándome – hoy te has quedado hasta muy tarde.

– Sí. – al final conseguí decir algo – Antes de que lleguen los exámenes, tengo que acabar un trabajo y me he quedado en el laboratorio para adelantarlo. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí tan tarde?

– Me he quedado a estudiar con unas amigas. Tenemos un examen dentro de poco y necesitábamos ponernos ya en materia.

Ella se sentó a mi lado. Se hizo el silencio… un silencio incómodo. Ella también estaba incómoda, era bastante tímida y, hasta donde yo sé, le gustaba a ella tanto como ella a mí.

El autobús se internaba en la oscuridad que separaba la universidad de la ciudad. Seguíamos sin decirnos nada… yo miraba hacia afuera y de vez en cuando a ella. Ella sólo miraba hacía el suelo, si me miraba de vez en cuando no lo vi. Era incómodo, muy incomodo. Así que me armé de valor y hice lo que debía haber hecho hacía mucho tiempo.

Sin pensármelo dos veces di un paso hacia ella y le giré la cara hacia mí. Le dí un profundo beso en los labios y luego la solté, me quedé mirándola a la cara, esperando a ver cual era su reacción. Se me quedó mirando sin moverse. Su redonda cara se puso roja como un tomate. Durante unos momentos no supo que hacer. Pero al cabo, se me lanzó encima, sus labios se pegaron a los míos como lapas y empezó a besuquearme sin parar. Me pasó los brazos por los lados y fue avanzando y arrinconándome contra la ventana del autobús. Cuando ya lo había conseguido, me paso las manos por detrás en un ligero abrazo. Yo hice lo propio: con mis brazos la abracé por encima de sus hombros, rodeándole la cabeza y apretándola contra mi para que no se pudiese separar. Los besos se sucedían rápidos, cada vez más húmedos. Los labios dejaron paso a nuestras lenguas, acariciándose y bailando la una contra la otra como si se hubiesen deseado toda nuestra vida.

No sé que resorte pulsó en mi, pero mi pene se puso en erección. Estaba excitado y mucho. Tenía ganas de desnudarla allí mismo, de seguir besando todo su cuerpo como estaba besando sus labios. Y en uno de tantos zarandeos, ella apoyó su mano entre mis piernas para no perder el equilibrio. Se levantó de encima de mi un poco sorprendida y se me volvió a quedar mirando.

Ahí creí que se habría acabado todo, que ella en su timidez se avergonzaría demasiado y no sabría como seguir. Pero para mi sorpresa mayúscula no fue así, en su lugar hizo algo que no me esperaría de ninguna mujer del mundo.

Ella se volvió a acercar a mi y allí, donde cualquiera podría haberse girado y vernos, me despasó el botón de los pantalones y me bajó la cremallera. Con delicadeza me sacó el pene y empezó a acariciarlo. Aúnque sorprendido y sin saber como estaba pasando aquello, se me puso aún más erecto. Sus manos eran suaves y ella sabía tener la delicadeza necesaria. Era una sensación increíble.

Por unos momentos cerré los ojos para disfrutarlo, pero acto seguido, me acerqué a ella para poder besar sus labios otra vez. Como una mano y como pude le desabroché sus pantalones y metí la mano bajo sus bragas. Sus labios se volvieron más vivos y más húmedos cuando lo hice. Noté primero su bello púbico, frondoso. Y más abajo metí mi dedo anular entre los labios de su vagina, ahogando ella un gemido. Estaba húmeda, notaba el líquido correr entre mi dedo y mi excitación aumentaba, mientras que su clítoris estaba caliente y erecto. Empecé a acariciarla pasando mis dedos por su vagina arriba y abajo.

Nos besábamos insistentemente. Para mi en aquel momento no existía nadie más. Si alguien se hubiese fijado en nosotros en aquel momento nos hubiese visto y ni siquiera nos habríamos dado cuenta. Sus suaves dedos se movían en mi pene dándome un placer intenso, subiendo y bajando mi prepucio y haciendo que el placer subiese por todo mi cuerpo hasta transmitírselo a ella a través de mis besos y mi lengua, bajando por mi brazo y dejándolo penetrar en ella a través de mis dedos en su vagina. Ella a su vez hacía lo mismo y formábamos un circuito de placer infinito.

De pronto ella empezó a no poder respirar lo suficiente, dejó de besarme y apoyó su cabeza en mi hombro, sin dejar de darme placer con su mano. Mientras yo aceleré el movimiento de mi dedo dentro de su vagina, lo movía con insistencia y notaba como ella se ponía rígida y ahogaba los gemidos que podrían habernos delatado. Poco a poco, fue cayendo hacia mi, mientras abría la boca y se apoyaba donde pudo. Empezó a respirar fuertemente, como si hubiese hecho un gran esfuerzo y me hizo apartar la mano de dentro de sus pantalones.

Me echó hacia atrás, contra la ventana y se tumbó sobre mis piernas. Metió mi pene entre sus labios. Ahí es donde yo tuve que ahogar también un gemido. Sus labios resultaron ser como algodón sobre mi prepucio y su lengua empezó a moverse dentro de su boca, dándome un placer inmenso. Notaba su cosquilleo en mi glande, no sabía donde agarrarme, así que empecé a acariciar su cabeza mientras ella subía y bajaba insistentemente. Mientras más me excitaba, más tenía que cerrar bien la boca para no hacer ningún ruido que pudiese oír alguien. Me temblaba todo mientras el placer me subía por todo el cuerpo.

No tardé mucho en eyacular en su boca. No se inmutó, salvo para ir deteniéndose poco a poco y pasarme la lengua poco a poco. Se levantó hacia mi y me abrazó fuertemente, mientras al lado de mi oído tragó de forma sonora para después mirarme con una inocente sonrisa. Le di un beso y la abracé muy fuerte.

De aquel viaje en autobús no recuerdo nada más. Sé que tardamos un rato más en llegar a casa, pero no sé lo que sucedió después, ni me importa. Al bajar del autobús iba cogido a una chica encantadora, la cual acababa de cambiar mi vida y puede que a partir de entonces la compartiría conmigo… Y ni siquiera sabía por qué habían ocurrido así las cosas.

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