Posts Tagged ‘Relatos’

Asesino

julio 31, 2008

El viento frío proviniente de las montañas anunciaba el fin del otoño y la llegada del invierno. Fuera, al pie de la casa señorial, observaba como los campesinos se apresuraban a recoger los últimos granos de la cosecha. Parte de esos granos les servirían para pasar el duro invierno, aunque la mayoría irían a los almacenes del señor de las tierra, mi señor.

Pobres sí, pero al menos ellos eran libres una vez pagado el tributo. Yo era esclava día y noche. Debía mi cuerpo a un hombre que no quería y que me obligaba a copular con él y a permanecer a su lado en contra de mi voluntad. Mi único alivio y mi condena era que mi señor no podía tener hijos. No sé si hubiese podido soportar dar a luz a un hijo de aquel tirano, pero eso me habría dado un tiempo de respiro.

Aquella noche había movimiento en los alrededores del recinto señorial. Se rumoreaba que habían capturado a alguien, un bandido pensé yo. Me encontraba sentada al lado de mi señor cuando ocurrió todo. Él estaba ya medio borracho, aún siendo temprano.

Los guardias traían a un prisionero. Era un hombre corpulento, con la piel muy oscura, uno de los habitantes de las tierras del sur, las cuales habíamos invadido y saqueado a voluntad y sin remordimientos. Sin embargo, al subir la mirada, vi sus ojos llenos de odio. Eran azules, como los de nuestra gente. Pobre, su madre debió haber sido violada por uno de nuestros soldados. Repudiado por los suyos y despreciado por los nuestros, lo único que debía buscar aquel hombre era la venganza por los crímenes que nosotros mismos habíamos cometido. Y ahora lo íbamos a juzgar por ello.

Sin embargo, aquel hombre no era un fugitivo cualquiera y así lo demostró en pocos segundos. Mientras los guardias presentaban a su amo el trofeo conseguido, éste propinaba un golpe a uno de sus captores, quitándole un cuchillo en el forcejeo. Con él y sin pestañear, cortó el cuello del otro en un movimiento rápido y seco. El guardia cayó al suelo intentando cubrirse la herida, pero ya estaba condenado. El resto consiguieron volver a apresarlo mientras el moribundo perdía sus últimas gotas de vida.

Mi señor, que aunque borracho aún podía mantener la compostura, se levantó furioso y gritando de su sillón:

– ¿Cómo te atreves, escoria del sur? ¡Llevaoslo a una celda y colgadlo de cadenas para que no pueda hacer más daño!

Los guardias temblaban ante la presencia de aquel hombre. Obedecieron la orden, pero dubitativos. La estancia, mientras, permanecía llena de sangre del hombre que yacía en el suelo. Las paredes estaban salpicadas de esa misma sangre y, sin embargo, aquel hombre no tenía en su cuerpo ni una mancha de color rojo. Su torso desnudo, musculoso y bronceado sólo estaba bañado en su propio sudor que lo hacía brillar a la luz de las antorchas. Aquella demostración de fuerza había dejado amedrentados a los guardias, pero a mi me había enseñado por primera vez en mi vida lo que era la excitación.

***

Aquella noche, caminaba entre las cabañas de los guardias sólo ataviada con un camisón. La noche era muy fría, casi invernal, pero yo no tenía tiempo que perder. Mi señor había caído dormido por el cansancio y el alcohol y, aunque solía tener un sueño profundo en ese estado, prefería estar el menor tiempo posible fuera de nuestro dormitorio si algo salía mal.

Los guardias no estaban delante de las celdas, la noche había sido movida y posiblemente estarían durmiendo la borrachera. Insensatos, tenían al prisionero dentro de la celda y ya creían tenerlo todo hecho. Pero bien, así tendría que evitar preguntas insidiosas.

Al final de todas las celdas se encontraba la que yo andaba buscando. Oscura y fría, sólo alumbrada por alguna que otra antorcha, aquella parecía demasiado grande para un sólo prisionero, considerando además que aquel estaba encadenado en un extremo de ésta.

Crucé la sala sin vacilar. Él me miró en cuanto me oyó. No dijo una palabra, pero sus ojos azules me miraron llenos de odio. Aún con tan poca luz, su sudor brillaba con las antorchas. Otra vez esa sensación, no le tenía ningún miedo a aquel hombre.

Me puse delante de él y le miré sonriendo, le pasé el dedo por su pecho, impregnándolo con su sudor.

– Tengo un trato que ofrecerte – le dije, mientras caminaba despacio alrededor suyo, colocándome a su espalda.

– ¿Por qué querrías hacer un trato conmigo? – él me seguía con la mirada, mientras yo me movía – ¿Y por qué debería siquiera escucharlo?

– Porque puedo ofrecerte algo que tú quieres. – le susurré al oído por su espalda.

Lentamente le pasé la mano por su pecho y fui bajando hacia sus harapientos pantalones. Aún cuando intentaba transmitirme odio, aquel hombre no era de piedra. Su pene reaccionó a mi tacto y se irguió bajo sus pantalones.

– ¿Cómo estás tan segura de lo que quiero? – me dijo sin perder la compostura.

– Mirate, estás colgado de una cadena. Por muy bueno que seas matando no puedes liberarte – me apreté contra él y metí mis manos en sus pantalones. Él ahogó un suspiro casi imperceptible. Lo que le estaba dando le gustaba, ya era mio.

– ¿Y a cambio que quieres? – Su voz ya no era tan serena, Empezaba a excitarse y no podía ocultarlo. Continué con mi juego, me bajé los hombros del camisón y dejé mis pechos al descubierto. Volví a apretarme contra su espalda. Noté con mis pezones su dura espalda, mientras se deslizaban empapándose de su sudor.

– Que mates a quien te ha metido aquí.

Se sorprendió al oír esto. Cerró la boca de golpe y se irguió, abriendo los ojos.

– ¿Pero no eres su esposa? ¿Qué extraño juego es éste? ¿Por qué quieres verlo muerto?

– Porque lo odio con todas mis fuerzas. – Apreté los dientes cuando lo dije, para no soltar toda mi furia de golpe. Aunque sorprendido, él mostró interés, sonrió cuando me oyó decir aquellas palabras.

– Está bien – dijo manteniendo la sonrisa – lo haré. Sólo tenéis que desatarme y tu marido estará muerto.

Algunos pensarán que era una tonta al creerle. Pero confiaba plenamente en que lo haría, de una forma u otra. Él odiaba demasiado a mi señor – tanto o más que yo – para dejar escapar una oportunidad como aquella. En cuanto a qué haría conmigo me importaba poco.

Lo liberé de sus cadenas. De un rápido movimiento, nos cambió a ambos de lugar, dio un giro y se puso a mi espalda. Me levantó las dos manos y cerró los grilletes alrededor de mis muñecas. Ahora yo era su prisionera…

– Lo siento – me susurró al oído, pasándome la lengua. – No puedo arriesgarme a que después de haber matado a tu marido, llames a los guardias, resultaría demasiado complicado escapar. Pero antes de irme quiero darte un regalo.

Pasó la mano por mi trasero lentamente, palpando mis nalgas sobre el camisón. Cogió dos extremos de la parte baja de éste y lo desgarró de un golpe, de abajo a arriba, dejando mi trasero al descubierto. Me volvió a pasar sus cálidas manos por las nalgas y puso un dedo entre ellas, haciéndose hueco.

De pronto, me las apartó y me introdujo el pene en mi ano. Me sodomizó con suma facilidad. Mi señor ya lo había hecho en multitud de ocasiones por lo que mi cuerpo estaba preparado para aquello… Aunque nunca había sentido nada igual, el placer que me daba tener a aquel hombre dentro de mi era indescriptible.

Empezó a empujarme atrás y adelante, cogiendo mis pechos con firmeza y usando las cadenas como punto de apoyo. Sentía que explotaba, me mordí un labio para ahogar un grito de placer. Mi ano ardía y yo sudaba como nunca lo había hecho, a pesar del frió de la noche. Me acariciaba mientras los pezones cada uno con dos dedos, dándome aún más placer. Apoyé un pie en su pierna y no pude aguantarlo más…

– ¡¡Aaahhh!! – solté un sonoro suspiro y mi boca se abrió de par en par.

– Te gusta, ¿eh? – se mostraba satisfecho con lo que estaba haciendo, no sé si por propio placer o por desprecio hacia mí.

– Sss…. síiiii – apenas me salían las palabras. No podía respirar ni tragar saliva. Jadeaba desesperadamente en busca de aliento. Él me puso horizontalmente y me pasó la lengua por el cuello, sin parar de meter y sacar su miembro de mi cuerpo. – ¡No pares! Aaahhh…

– No pienso hacerlo hasta haber disfrutado contigo lo suficiente.

Sacó su pene de dentro de mi y me dio la vuelta. Me separó las piernas, dejando los pies flotando en el aire y me volvió a penetrar, esta vez por delante. Hice el intento de abrazarme a su cuerpo, pero las cadenas me retenían. Las cogí con fuerza y rodeé con los pies el cuerpo de mi captor, apretándolo contra mi. Él me penetraba insistentemente, una y otra vez, haciendo que mi vagina lubricara de con el goce que experimentaba. Me agarró del pelo fuertemente y me empujó la cabeza hacia él. Me hizo abrir la boca de par en par e introdujo su lengua en ella. La movía insistentemente, por dentro, mi lengua a la vez no podía permanecer quieta y la acompañó buscando su contacto.

Si los guardias hubiesen estado en su puesto, posiblemente los dos estaríamos condenados a muerte. Mis gritos de placer debían oírse desde fuera. Estaba sintiendo todo el que no había sentido en toda mi vida. No veía, no olía, no podía decir nada… Sólo podía sentir su cuerpo contra el mio, entrando una y otra vez y llenándome de calor.

Exploté… no he sentido nunca nada igual. No sé cuanto rato estuvo así después de aquello, prácticamente perdí la razón y la noción del tiempo. Al cabo de un rato estaba sola, casi completamente desnuda, salvo por mi camisón harapiento. Por mi vagina resbalaba su esperma, mezclado con mis fluidos vaginales. Cerré los ojos sintiendo como bajaban por mis piernas y recordando la experiencia. Sonreí.

Había sido la mejor noche de mi vida. Y lo mejor estaba por llegar.

Este relato está licenciado bajo creative commons

La imagen acompañante perteneciente a la saga de videojuegos Prince of Persia es copyright de su autor.

Creative Commons License
Asesino by avangion is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.
Based on a work at degenerados.wordpress.com.